Un poco antes de fallecer, mi abuelo me contó una leyenda del norte argentino, un día, mientras estábamos sentados en el patio mirando el nogal y los pájaros que a él se subían.
Kakuy... kakuy.... imitaba él con su voz mientras me contaba de qué se trataba. Y yo buscaba, en internet, fotos del Urutaú para mostrarle que el pájaro existía. Escuchamos juntos su cantar lastimero y nos sorprendimos al verlo. Lo recuerdo todavía. Se me estruja el alma cuando lo traigo a mi memoria de nuevo.
Cuando fui a la feria del libro este año, recordé mi deseo de comprar un diccionario quechua. Fui a un stand y junto a mi amiga, revisábamos libros cuando me encontré con El arte de la lengua quechua, de Arambarri. "El autor suele venir a firmar ejemplares" me contaba el vendedor. Le dije que iba a dar una vuelta y que tal vez regresaría antes de salir de la feria. Así lo hice. Cuando volví, Arambarri estaba ahí y escribió una dedicatoria en el libro, que por supuesto traje conmigo a casa.
Eventualmente regreso a él. y con algo de pena debo decir que luego de pasar varias páginas, hay una palabra se me quedó grabada: saykusqa, que significa cansado. Pero también misky, que habla de dulce , y entendí el nombre de los caramelos. El quechua es una lengua rica, con una resonancia particular, pero que en mi caso tiene el sonido de mis abuelos. Por supuesto encontré en el libro kakuy y su significado. Este año también se fue mi abuela; no hay manera de que las raíces santiagueñas no broten y recuerdo entonces algunas palabras que ella también me decía, pero siempre resalto munayki ashkata. Nunca quiso enseñarme el quechua, quién sabe por qué, pero el amor de esas palabras se hizo ver en tantas otras cosas que son imposibles de enumerar.
Añay es gracias.
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